Aunque estuviera atado por la voluntad del resucitador, Roshi conservó su legendaria testarudez, que Son Goku comparó con la terquedad de Ōnoki mismo. En combate actuaba sin piedad y con empuje, sin dejarle al adversario un respiro, aunque esto no era su mérito, sino la sumisión de Obito mediante los receptores de chakra. Dentro de su conciencia reprimida, sin embargo, iba madurando un amargo tardío: al observar la furia y la bondad de Naruto, él, con pesar, reconocía que él mismo había tomado el camino equivocado. Permanecía como un guerrero austero, no acostumbrado a las ternuras, pero justo antes del final encontró dentro de sí la fuerza para dirigirse a Son Goku por su nombre y pedir perdón al animal. En sus últimos pensamientos no había ni miedo ni ira — solo una silenciosa reconciliación y una serena sonrisa del anciano que finalmente llamó a su amigo por su nombre.