Cuando el oponente resiste sus ataques, Kidomaru siente irritación y sorpresa, pero no entra en pánico. Es capaz de reconocer la fuerza ajena, aunque de mala gana. La emoción lo empuja a pasos arriesgados, y pone todas sus fuerzas en el disparo decisivo. Incluso tras recibir una herida grave, continúa moviéndose y no abandona los intentos de terminar el combate. Solo ante la muerte pierde por un momento su tono juguetón, maldiciendo al enemigo y reconociéndolo como el más fuerte.