Con el primer nivel del sello maldito, Kidomaru se volvía aún más entusiasta y sádico, sin perder su mentalidad analítica. Seguía percibiendo la batalla como un juego, pero ahora su placer por el sufrimiento del oponente aumentaba notablemente. Al mismo tiempo, seguía siendo un táctico sereno, capaz de detectar rápidamente las debilidades del enemigo y ajustar su estrategia a los nuevos datos. Fue en este estado que comenzó a identificar sistemáticamente el punto ciego del Byakugan, poniendo a prueba la defensa de Neji. La arrogancia y la autosuficiencia se alimentaban del poder del sello, pero no le impedían evaluar la situación con claridad.