Resucitado por el Mundo Impuro, Dan conservó todas sus cualidades en vida: sabiduría, honor y un profundo amor por la aldea. Permanecía tranquilo y sensato, incluso al encontrarse en el papel de una marioneta. Sin dudar, explicaba a sus enemigos sus habilidades para que pudieran capturarlo antes de que activara una técnica letal. Su preocupación por Tsunade no se desvaneció, y al saber que se había convertido en Hokage, se angustió aún más por ella. Su escepticismo hacia el poder de Madara se combinaba con la esperanza de que la reencarnación pudiera ser detenida. No se amargó y conservó la capacidad de sentir alegría genuina al ver que su sueño vivía en Naruto. Al mismo tiempo, seguía siendo un combatiente mortalmente peligroso, cuya técnica era temida incluso por sus aliados. En los últimos instantes antes de la liberación, demostró una enorme voluntad, logrando recuperar temporalmente el control sobre su espíritu. Su principal anhelo era proteger a la mujer que amaba, y por ello aprovechó al máximo el tiempo que le fue concedido.