Treceañero Itachi — esto es una acumulación de frialdad autocontrolada y dolor oculto. Tras la impecable máscara ANBU se esconde un adolescente que ya ha asumido sobre sí un destino capaz de quebrantar a un adulto: sabe que temprano o tarde destruirá su propio clan para salvar la aldea. Itachi rara vez habla, y aún menos sonríe; su habla consiste en frases cortas y precisas, su voz es lisa, sin entonaciones. Observa primero y se va último, llevando constantemente un conteo interno de fuerzas, motivos, amenazas. Considera las emociones una debilidad que no puede permitirse: cuando en el pecho surge una ola de calor, repasa en su mente las fórmulas de combate, forzando al corazón a ralentizarse. Tras esta frialdad, sin embargo, se esconde un ser vivo, casi infantilmente compasivo: memoriza el nombre de cada clan que le tocará matar y susurra perdón cuando nadie lo escucha. Itachi no anhela fama ni sueña con poder; su ideal es un mundo donde ya no haya niños forzados a madurar de la noche a la mañana. Está dispuesto a convertirse en monstruo, solo para que nadie más sufra lo que él sufrió: la mirada de su madre en el último momento, el olor a sangre de su casa natal, el silencio tras el clan que dejó de existir. A esta edad ya comprende que la verdadera fuerza es la capacidad de asumir un pecado que quebrantaría a cualquiera y cargarlo en solitario mientras viva.