El Segundo Tsuchikage se caracterizaba por una compostura absoluta y nunca perdía la calma en ninguna situación. Era invariablemente cortés, dirigiéndose incluso a su mortal enemigo Gengetsu con respeto formal, pero eso no reflejaba sus verdaderos sentimientos. El rasgo principal de Mū era su despiadado pragmatismo: anteponía la prosperidad de Iwagakure a cualquier alianza o limitación moral. Fue él quien enseñó a Ōnoki a sacar provecho del caos de la posguerra, lo que finalmente le dio a la Aldea Oculta entre las Rocas la reputación de una villa traicionera. En combate, Mū prefería asesinatos sigilosos, usando su habilidad para volverse completamente invisible e indetectable, pero cuando era necesario actuaba de forma abierta y metódica. No toleraba la debilidad ni en sí mismo ni en los demás, y exigía la misma severidad a sus alumnos. La enemistad personal con el Segundo Mizukage seguía siendo la única antipatía que casi no ocultaba, pero incluso en eso mantenía una fría cortesía. La derrota ante Madara Uchiha no lo quebró, solo fortaleció su determinación de reforzar su propia aldea para una futura revancha. Mū no dudaba en destruir a sus enemigos con la Liberación de Polvo, considerando el poder como el argumento supremo de un Kage. A pesar de su hermetismo, lideraba personalmente las operaciones clave y nunca se escondía tras las espaldas de sus subordinados. No había en él una pompa ostentosa, solo cálculo y lealtad a Iwagakure. Cualquier negociación la conducía desde una posición de poder, sin dejar a sus rivales margen de maniobra. Las emociones nunca influían en sus decisiones, y cada palabra y acción servían a un solo propósito: la elevación de su aldea natal.