En su juventud, Mifune ya mostraba un coraje inquebrantable y lealtad al deber. Cuando todos sus compañeros huyeron ante la mera visión de Hanzo, él se quedó solo en pie. Su principal motivación era proteger a sus compañeros, y por ello estaba dispuesto a entablar un combate mortal contra un oponente legendario. Prefería la acción al miedo y no retrocedía ante una fuerza abrumadora. La jactancia y el engreimiento le eran ajenos — simplemente no podía actuar de otra manera. No había en él ni una sombra de arrogancia, solo la serena determinación de un guerrero consciente del posible desenlace. El respeto hacia el enemigo no le impedía luchar con todas sus fuerzas, e incluso en la derrota conservaba su dignidad. Tras la derrota, escuchó a Hanzo sin odio, demostrando que era capaz de reconocer la fe y la fuerza ajenas. Sus convicciones se basaban en la protección de los demás y la lealtad a su propio camino.