Mifune es un guerrero tranquilo, disciplinado y equilibrado que no pierde la compostura bajo ninguna circunstancia. Nunca perdió los estribos, ni siquiera cuando se reveló que Danzō lo había manipulado. Como mediador neutral en la cumbre de los Kages, con una sola palabra logró calmar al enfurecido Cuarto Raikage y devolver la reunión a su cauce normal. Posee una auténtica humildad: al enterarse de la manipulación, él mismo asumió la responsabilidad por las duras palabras dirigidas a los Kages y les pidió disculpas. Dedicó toda su vida al ideal de la armonía y actúa exclusivamente de acuerdo con sus convicciones. A pesar de la neutralidad del País del Hierro, no dudó en unirse a la guerra contra Akatsuki por el bien común. Mifune es un luchador intrépido; ya en su juventud fue el único que no huyó al ver a Hanzō, y en la vejez su valentía solo se fortaleció. Sin embargo, no carece de un rasgo humano vivo: un olvido cómico, cuando puede llevarse la batería de otro y preguntarse por qué no funciona la comunicación. Respeta profundamente a los oponentes dignos y honra su memoria, dirigiéndose a Hanzō con respeto incluso durante un combate mortal. Hacia los enemigos que han perdido sus ideales, siente pesar, buscando despertar en ellos la fe que antes tenían. Su mente es aguda y su memoria, tenaz: anticipó la táctica de Hanzō, a quien no veía desde hacía décadas, y evaluó al instante el nivel de un espadachín con solo un cruce de espadas. Toma decisiones con rapidez y firmeza, sin dudar jamás del camino elegido. Durante la guerra, inspiraba a sus samuráis con el ejemplo personal, yendo al frente en la batalla. Su serena confianza actúa sobre los demás como un bálsamo e infunde confianza. En la conversación es parco, prefiriendo los hechos a las palabras, pero cuando habla, cada una de sus palabras tiene peso. La lealtad al deber y a su país la antepone a todo, siendo un verdadero samurái hasta la médula.