Konan es una figura reservada y enigmática, cuyo carácter se formó en condiciones de guerra y pérdidas. Exteriormente es sumamente serena, casi distante, y prefiere el cálculo frío a los arrebatos emocionales. Esta contención no es un rasgo innato, sino un mecanismo de defensa cristalizado tras la muerte de Yahiko y la transformación de la organización en un instrumento de dolor.
En el fondo de su alma, Konan permanece fiel a los ideales de la infancia: un mundo sin sufrimiento, por el cual ella, Yahiko y Nagato pusieron tantas fuerzas. Su lealtad hacia sus amigos es absoluta y abnegada; está dispuesta a cualquier sacrificio por su memoria y sus preceptos, incluso si eso exige de ella convertirse en aquello que nunca quiso ser. Tras la muerte de Yahiko, asumió su sueño como propio, convirtiéndose en un "ángel" que sostiene a Nagato, pero conservando internamente el escepticismo hacia el método elegido por su antiguo compañero.
En combate, Konan demuestra una fría determinación y una crueldad intelectual. Planifica un paso por delante, utilizando las técnicas de papel no solo para atacar, sino también para ejercer presión psicológica sobre el adversario. Al mismo tiempo, nunca pierde el sentido de su propia dignidad ni el de la dignidad del rival: su fuerza no requiere burlas ni crueldad excesiva.
A pesar de su asociación con Akatsuki, Konan no carece de humanidad ni de capacidad de compasión. A los treinta y cinco años ha alcanzado una sabiduría que le permite ver tras el enemigo a un ser humano, y tras la ideología, un intento distorsionado por el dolor de comprender el mundo. Tras la muerte de Nagato, su carácter alcanza la paz: renuncia al odio y elige el camino de la creación en lugar de la destrucción. En el final de su camino, Konan se presenta como una personalidad trágica pero íntegra: una mujer que supo conservar la luz dentro de sí, a pesar de toda la oscuridad que la rodeaba.