En su juventud, Hanzo era una persona de rara fe y principios — él sinceramente se esforzaba por la paz y soñaba con unir a las cinco grandes naciones ninja. Respetaba a los oponentes fuertes de espíritu, los perdonaba e incluso otorgaba títulos a aquellos que mostraban voluntad de vivir. Así fue como le dio la vida a tres jóvenes shinobi de Konoha, a quienes llamó «Sannin». Él creía que la fe no muere junto con la persona y que solo se puede discernir en combate. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, Hanzo perdió su convicción. Dejó de entrenarse, permitió que su habilidad se embotara y se convirtió en un tirano paranoico, preocupado únicamente por mantener el poder. Dejó de confiar en cualquiera, se rodeó de guardia las 24 horas y hasta registraba a los niños. A pesar de ello, seguía siendo pragmático: odiando las grandes aldeas, nevertheless hacía alianzas con ellas para conservar el trono. Su traición a Akatsuki (emboscada a Yahiko, Nagato y Konan) fue el punto de no retorno — él sin dudarlo los atrajo a una trampa, pero esta acción finalmente condujo a su propia muerte. Incluso al final de su vida, debilitado y arrogante, aún no podía comprender cómo alguien a quien había vencido antes pudo hacerse más fuerte que él. No obstante, poco antes de morir, en él se despertó una chispa de su antiguo yo — lamentaba su caída y, quizá, en lo más profundo de su alma todavía se aferraba a la idea de paz, aunque él mismo no se lo admitiera.