El Tercer Raikage era un hombre tranquilo y equilibrado que no perdía la cabeza ni siquiera rodeado de diez mil enemigos. Poseía un agudo sentido del honor y montó en cólera cuando Mū le propuso a Ōnoki traicionar la alianza en beneficio de Iwagakure. El cuidado de sus subordinados estaba por encima de todo, y sin dudarlo se lanzaba al fragor de la batalla para cubrir la retirada de sus compañeros. Su orgullo no le permitía hablar de la cicatriz en su pecho, obtenida en el combate contra la Bestia de Ocho Colas, e incluso su hijo respetaba ese silencio. A creía sinceramente que la nueva generación debía superar a la anterior, y les dijo directamente a los Kage resucitados que sus hijos podrían detenerlos. No sentía envidia del poder de otras aldeas, y elogió públicamente al hijo del Cuarto Kazekage por su fuerza. Su terquedad se combinaba con un cálculo frío: instruía personalmente a sus enemigos sobre cómo defenderse mejor contra él. La furia de la Bestia de Ocho Colas la sentía como una responsabilidad personal y cada vez salía a apaciguar a la bestia en solitario. Sus subordinados lo llamaban Jefe, y ese nombre reflejaba no solo su estatus, sino también una confianza absoluta. Incluso al borde de la muerte, siguió luchando hasta que su cuerpo falló, y su última batalla se convirtió en una leyenda.