En el momento de transformarse en jinchuriki, la mente de Obito es casi completamente suprimida por el poder monstruoso de Jūbi. Pierde el control sobre sí mismo: su cuerpo se hincha, reacciona a cualquier amenaza con ira irracional, destruyendo todo a su alrededor. En este estado no distingue entre amigos y enemigos, actuando como una bestia incontrolable. Sin embargo, dentro de él aún arde una chispa de personalidad. En lo profundo de su conciencia, Obito lucha contra la voluntad de Jūbi, intentando prevalecer. Le ayuda el recuerdo de su antiguo equipo — Minato, Rin, Kakashi. Concentrándose en sus rostros, somete el chakra de Jūbi y recupera la razón. Después de esto se vuelve frío, calculador y un enemigo increíblemente peligroso. Obito ya no es «nadie» — se siente por encima del Hokage, creyendo que él debe salvar al mundo a través del Tsukuyomi Infinito. Desprecia la debilidad y las dudas, pero dentro de él continúa el conflicto: el viejo Obito, que soñaba con el reconocimiento, y el nuevo, que se hunde en la oscuridad. Incluso en este estado no puede silenciar completamente la voz de la conciencia, lo que más tarde llevará a su caída.