Después de que le extrajeron a los bijū, Obito yace en el suelo, completamente debilitado. Su cuerpo y su mente están destrozados, pero es precisamente en este momento cuando regresa a él su verdadero «yo»: ese niño que soñaba con convertirse en Hokage y creía en sus compañeros. Ya no se llama a sí mismo «nadie». Reconoce que estaba equivocado y siente el más profundo sentimiento de culpa por todos sus crímenes. Obito ya no aspira al Tsukuyomi Infinito, desea expiar su culpa. Decide sacrificar su vida para revivir a las personas que mató mediante el Rinne Tensei, pero Zetsu Negro intercepta el control y lo obliga a revivir a Madara. Incluso después de esto, Obito no se rinde: roba parte del chakra de los bijū de Madara para salvar a Naruto, quien estaba muriendo. En la batalla final contra Kaguya, Obito actúa con calma y determinación, ya no guiado por el odio, sino solo por el deseo de proteger a quienes quedan. Antes de morir, sonríe y encuentra la paz, reuniéndose con Rin en el más allá. Su último acto —transferir el poder de su Mangekyō a Kakashi— demuestra que finalmente ha regresado a su camino original de shinobi.