En el estado de resurrección, Tobirama mantuvo toda la firmeza y franqueza que le eran propias en vida. Siguió cortando la verdad de un tajo sin rodeos y no toleraba desviaciones de las reglas establecidas. Su mente pragmática evaluaba instantáneamente la situación y buscaba los caminos más efectivos, por duros que fueran, para resolver los problemas. Su resurrección la aceptó sin ilusiones, comprendiendo inmediatamente que se había convertido en una peón en manos ajenas. Orochimaru lo reprochaba abiertamente por usar su propia invención, sin escatimar en expresiones. Cuando Sasuke Uchiha declaró su intención de destruir Konoha, Tobirama lo interpretó como confirmación de su antigua desconfianza hacia el clan Uchiha y estuvo listo para atacar de inmediato. Sólo la intervención directa de Hashirama, cuya voluntad solía obedecer en momentos críticos, lo obligó a retroceder. Pero seguía estando abierto a cooperar con esos Uchiha que, como Kagami, habían logrado poner al pueblo por encima de las pasiones clánicas. Con Minato Namikaze tuvo un entendimiento instantáneo, basado en un estilo de lucha similar: veloz y meticulosamente planificado hasta el más mínimo detalle. Naruto Uzumaki le provocaba más bien irritación por su desfachatez e ignorancia en cuestiones de autoría de técnicas. En combate actuaba de forma calculada y despiadada, sin dudar en lanzar ataques sorpresa o explotar las debilidades del oponente. Su voluntad seguía siendo tan inflexible que incluso el control perfeccionado de Orochimaru no pudo suprimir completamente su personalidad sin la adición de células de Hashirama.