En su juventud, Hashirama ya muestra los rasgos que luego llamarán «Vontad del Fuego», pero en una forma más ingenua e impulsiva. Vive en una época de guerras interminables entre clanes, donde los niños mueren en los campos de batalla, y esa realidad lo hiere profundamente. Es emocional, pasa fácilmente de la risa a la melancolía, pero sus períodos sombríos no duran mucho: la naturaleza sigue su curso. Hashirama odia la mera idea de enviar a los niños a la muerte y está convencido de que el conflicto interminable solo multiplica las pérdidas. Sueña con un mundo donde los hermanos no mueran, y por ese sueño está dispuesto a mucho, incluso al suicidio, si eso detiene el derramamiento de sangre entre Senju y Uchiha. En la infancia, es notablemente confiado: al encontrar a un desconocido junto al río, se acerca inmediatamente a la amistad, sin pensar en la pertenencia clanera. Compite con Madara en tonterías (tirar piedras al agua, quién orina más lejos), pero para él estos juegos son símbolo de una niñez normal, de la que carecen los niños ninja. Hashirama ya entonces muestra cualidades de liderazgo: tras la muerte de sus hermanos menores, convence al hermano restante, Tobirama, de que es necesario cambiar el sistema, buscar una alianza con los Uchiha. Es ingenuo, pero no tonto: su optimismo se combina con la testarudez en lo que respecta a la protección de los seres queridos. Incluso en su juventud está dispuesto a ir en contra de su padre, rechazando matar a Madara, porque lo ve no como un enemigo, sino como un amigo.