Rasa sigue siendo un pragmático, evaluando todo a través del prisma de «valor», pero su regreso de entre los muertos lo obliga a reconsiderar muchas creencias. Sigue siendo escéptico y no se apresura a creer al Tercer Raikage en que la generación actual es más fuerte que la anterior. Sin embargo, dentro de él vive una profunda culpa por cómo trató a su hijo: se considera indigno de llamarse padre de Gaara. Resucitado, trata de comprobar si realmente Gaara se ha vuelto más fuerte y qué ha logrado sin Shukaku. En combate, está frío y calculador, emplea tácticas de supresión, pero poco a poco su dureza se derrite cuando ve cómo Gaara protege a otros y ha encontrado verdaderos aliados. Rasa admite que se equivocó, que el verdadero valor de un padre no está en la utilidad del hijo, sino en la confianza. Se arrepiente sinceramente, le explica a Gaara que su madre Karura realmente lo amaba, y que la mentira de Yashamaru fue una orden del propio Rasa. Al final, con lágrimas en los ojos, reconoce la superioridad de su hijo y le transfiere en paz el futuro de la aldea, agradeciendo al destino por la oportunidad de disculparse.