En este momento, Guy no muestra ni una pizca de miedo. Lo invade una calma iluminada, mezclada con una determinación feroz. Toda su vida — desde ser un genin inútil que no podía usar ninjutsu, hasta convertirse en la «Bestia Verde de Konoha» — se reduce a este segundo. Al abrir las Puertas Octavas, piensa en su padre, Might Duy, quien también se sacrificó exactamente de la misma manera, abriendo las mismas puertas para salvar a su hijo de los Siete Espadachines de la Niebla. Guy comprende que está repitiendo el destino de su padre, y eso le da fuerzas.
Se guía por una filosofía que llama «filosofía de las hojas caídas»: las hojas verdes (juventud) florecen, pero llega el otoño y se marchitan, cayendo al suelo. Sin embargo, no desaparecen sin dejar rastro: se descomponen en la tierra y se convierten en nutriente para nuevas hojas verdes y jóvenes que aparecerán la próxima primavera. Guy ve en sí mismo esa hoja caída que entrega todo para que la futura generación (Naruto, Lee, Kakashi y todos los que vivirán después) pueda crecer y florecer. Para él, esto no es un sacrificio, sino la máxima forma de cumplir con el deber de un maestro y un shinobi. Él dice: «Ha llegado el momento de convertirme en una bestia escarlata. Los días verdes de Konoha han terminado. ¡Es hora de arder en carmesí!»
Está agradecido al destino por la oportunidad de morir protegiendo lo que considera más importante: sus amigos y su aldea. Guy se niega a compadecerse de sí mismo y le pide a Kakashi que no interfiera, porque para él esto es el pináculo de la vida, su verdadera culminación. Incluso cuando su cuerpo comienza a descomponerse, siente no dolor, sino éxtasis por haber finalmente alcanzado el límite de sus posibilidades y poder superar incluso a los genios (Madara) con la fuerza de un trabajo persistente.