El resucitado Kinkaku conservó todo su orgullo y desprecio hacia sus enemigos, sin perder en absoluto su arrogancia incluso después de la muerte. Seguía considerando a los hermanos Dorado y Plateado como los guerreros más grandes y se indignaba sinceramente de que las nuevas generaciones de Kumo hubieran perdido el respeto hacia ellos. El engaño y la traición seguían siendo sus métodos favoritos, y no dudaba en aplicarlos incluso contra sus antiguos aldeanos. El único vínculo genuino que conservaba era con su hermano Ginkaku, y cuando Darui selló a este en el Benihisago, Kinkaku montó en una furia desenfrenada. Incluso en su estado resucitado no mostraba miedo ni desconcierto, concentrándose por completo en la aniquilación del enemigo. Su habla era grosera y entrecortada, y cada acción estaba impregnada de arrogancia. A pesar de su condición de sometido, Kinkaku no mostraba señales de lucha interna contra el control, como si su propia voluntad coincidiera perfectamente con las órdenes de Kabuto. La derrota a manos de guerreros «sin nombre» no fue para él una simple pérdida, sino una profunda ofensa con la que no pudo reconciliarse hasta el final.