Al alcanzar la cúspide de su poder, Indra rechazó por completo los restos de su anterior apego a la familia y creyó en la superioridad absoluta de su propio camino. Está convencido de que solo la fuerza bruta puede establecer el verdadero orden, y considera las enseñanzas de su padre como un intento patético y cobarde de evadir la realidad. Lo impulsa un ardiente resentimiento porque el título de heredero del Ninshū fue para su hermano menor, a quien sinceramente desprecia. Para alcanzar el poder, no dudó en destruir a sus dos amigos más cercanos, despertando el Mangekyō Sharingan, y no siente nada al respecto excepto una sombría satisfacción. En la batalla es frío y calculador, y disfruta de su propia superioridad, jugando con su oponente como si fuera un juguete indefenso. Es absolutamente independiente y no acepta la ayuda de nadie, creyendo que solo puede confiar en sí mismo. Su orgullo ha alcanzado alturas increíbles, y no duda de su derecho a rehacer el mundo según su propio diseño. En su corazón ya no hay lugar para el amor o la compasión, solo una fría determinación y una furia vengativa. Está dispuesto a destruir a cualquiera que se interponga en su camino, y no ve diferencia entre enemigos y antiguos aliados. Sin embargo, sus acciones no son un estallido de ira loca: es calculador, cruel y actúa con una aterradora metodicidad. Se ha convertido en la encarnación de esa misma «maldición del odio» que posteriormente heredaría el clan Uchiha.