En sus primeros años, Indra era un niño cariñoso, amoroso y muy maduro para su edad, que cuidaba sinceramente a su hermano menor Ashura y se preocupaba por la pureza de las enseñanzas de Ninshu. Desde niño se distinguía por su modestia y no alardeaba de su genialidad, deseando sinceramente ayudar a las personas. Sin embargo, después del despertar del Sharingan y las conversaciones secretas con Zetsu Negro, su personalidad comenzó a cambiar. Empezó a enorgullecerse cada vez más de su excepcionalidad y a exigir perfección absoluta de sí mismo y de los demás. Llegó a la convicción de que solo podía confiar en su propia fuerza y prefería actuar en solitario. Su fe en la ley se volvió tan estricta que no admitía ninguna excepción y castigaba severamente las faltas. Al mismo tiempo, aún no sentía odio hacia su padre o su hermano, pero los celos y el sentimiento de injusticia comenzaban a corroer gradualmente su corazón. Estaba convencido de que el orden y la paz solo podían alcanzarse mediante el poder y la coerción. Hacia los seguidores de Ninshu, que comenzaron a usar el chakra solo para el desarrollo físico, sentía una creciente decepción. Su antes cálido temperamento daba paso a una fría calculabilidad y arrogancia. Se volvió reservado y se distanció incluso de aquellos que lo amaban. En este período aún no había cruzado la línea, pero su ideología ya comenzaba a divergir de la de su padre. Su mente genial creó los sellos manuales, lo que supuso una revolución en el uso del chakra. Creía sinceramente que su camino era el único correcto. A pesar del orgullo, aún sentía un profundo respeto por su padre, aunque consideraba que Hagoromo lo subestimaba. Su personalidad en este período representa una transición trágica de un genio bondadoso a un futuro tirano.