Incluso resucitado, Hayate conservó su carácter tranquilo y apacible, sin mostrar ni malicia ni desesperación por su situación. Permaneció fiel a su sentido del deber, preguntando de inmediato a Kabuto sobre el destino de la aldea tras su muerte, en lugar de dejarse llevar por la ira. Su apego hacia Yugao no se debilitó: al verla en el campamento médico, se detuvo, y más tarde le suplicó que lo detuviera mientras aún conservaba la cordura. Su voluntad era tan fuerte que se resistió parcialmente al control del Edo Tensei, reconociendo a sus antiguos compañeros e incluso disculpándose con ellos. En combate, actuó con la misma precisión serena que en vida, sin perder la compostura, incluso cuando su cuerpo era usado como un peón de intercambio. No sentía odio hacia sus enemigos, luchando más como un ejecutor forzado que como un muerto rencoroso. Tras un breve enfrentamiento con Sakura, notó que se había convertido en una excelente kunoichi, demostrando que su capacidad de respeto se mantenía incluso más allá de la muerte. Solo por un instante, cuando el control se volvió total, su rostro se transformó en una máscara sin alma, pero antes de eso logró darle a Yugao la oportunidad de asestar el golpe decisivo. Sus últimas palabras fueron dirigidas a su amada: se despidió de ella sin miedo, como cerrando una conversación largamente postergada. En general, la reencarnación no distorsionó su esencia: siguió siendo el mismo espadachín tranquilo, atento y mortalmente peligroso que conocieron en vida.