En el momento de la transformación parcial, Gaara pierde los restos de autocontrol humano. Su psique, ya de por sí inestable, se derrumba bajo la presión del chakra de Shukaku. La voz del bijū en su cabeza se vuelve ensordecedora, exigiendo sangre y destrucción. Gaara deja de distinguir entre amigos y enemigos — ataca todo lo que se mueve. Su habitual crueldad fría se reemplaza por una furia animal, desprovista de todo cálculo. Emite gritos incoherentes, mezclados con el rugido de una bestia. Sin embargo, en raros momentos de lucidez, no siente dolor, sino éxtasis por su propio poder — finalmente se convierte en el «arma absoluta» que deseaban de él.